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ABCD 06 de marzo de 2010 - número: 939
Rafael Reig
Me ha gustado mucho Las correspondencias, de Pedro G. Romero. Se trata de un conjunto de cartas que, más que contar una historia, aluden a ella. Es decir: reclaman un lector cómplice (que acabe la novela por su cuenta).
La (para mí) primera novela moderna, el Lazarillo, también es una carta, pero en este caso se trata de una respuesta. Hoy en cambio predominan las narraciones que esperan respuesta (del lector), entre la complicidad y el tú-ya-me-entiendes: no digo más. Un ejemplo: Pedro G. Romero señala que la palabra billete también significa misiva corta. Cierto, ¿y qué? ¿A dónde nos lleva eso? ¿A que autor y lector se den codazos? Igual podía decir que el «sugerente» Ezra Pound tiene un apellido que significa libra esterlina: no digo más.
A mí los sobreentendidos me irritan, pero es que nunca le he visto la gracia al arte conceptual. Yo no quiero la idea de una pintura, quiero ver un cuadro. A mí no me vale una novela por alusiones: la prefiero escrita de cabo a rabo. Claro que el propio autor afirma que no se trata de un relato, sino de una «cosa». Y además con «funcionamientos».
Morir bailando. Ya cuando Zola iba por ahí con su novela «experimental», don Juan Valera se partía de risa y preguntaba: «El experimento, ¿dónde demonios está? ¿Pues qué, el novelista experimental toma, por ejemplo, a una muchacha, la cría de esta o de aquella manera, y ve que sale luego una meretriz desaforada? ¿Se apodera de un hombre, le derriba de un tejado para que se rompa una pierna, le hace luego beber unas copas, y así, paso a paso me le lleva, como quien no quiere la cosa, a morir bailando el más espantoso baile que se puede bailar? Si algo de esto hiciese Zola, podría llamarse experimental su novela, o sea el libro en que contase su experimento; pero como nada de esto hace, gracias a Dios, su novela es tan fingida como la de otro cualquier novelista».
Por una vez, suscribo lo que dice Valera. El libro de Pedro G. Romero es excelente, pero me pregunto por qué habrá elegido sabotear su propia narración para convertirla en «cosa».
Afirma utilizar la «sugerencia de Ezra Pound: todas las cartas hablan a la vez de amor y de dinero». Que Eliot me perdone, pero me parece que Pound se equivoca (o incurre en metonimia). En mi sentir, tanto el amor como el dinero hablan de una misma cosa: la propiedad.
Hace tiempo que sabemos que la escritura se inventó para garantizar la propiedad. Los primeros escritos no son más que escrituras de propiedad (en arcilla): inventarios de bienes, deudas, compraventas. Esta tierra es mía, le presté a Fulano tantas monedas, esto me pertenece y pagué tanto por ello: esos son nuestros primeros poemas (los de amor y sobre otras formas de propiedad vinieron más tarde). El tercer libro del Código Civil, «De los diferentes modos de adquirir la propiedad», ni siquiera menciona el más obvio: ponerla por escrito. Scripta manent: como piedras, las palabras deslindan la propiedad y la protegen. La variedad de lo susceptible de apropiación ha creado distintos géneros literarios: la propiedad de la tierra (escrituras). De las ideas (patentes). Del trabajo de otros (contratos laborales). De los sentimientos (poesía lírica, novela, Registro Civil). De la Historia al cabo, pues es la escritura la que señala el fin de la Prehistoria (esa res nullius) y el inicio de una Historia con propietario reconocido.
Fe consoladora. Recuerdo el famoso comienzo de David Copperfield: escribo para saber si he sido yo el protagonista de mi vida. De no ser así: ¿quién es el propietario? Quizá buena parte de la literatura moderna no sea más que un Registro de la Propiedad: da fe (consoladora) de que cada vida pertenece a su titular, a ese yo inalienable y singular, al parecer, tan valioso.
Quizá sea posible también una escritura que sabotee su propia naturaleza, impugnando la propiedad y el yo, y si no me equivoco, ese sabotaje es lo que lleva a cabo el libro de Pedro G. Romero. Y en ese sentido, acierta plenamente. Yo habría preferido una novela, pero, como «cosa», «funciona» como un reloj: no digo más.
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| Lunes, 08 Marzo, 2010 |
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Comentarios
Una basura como todo lo que vomita Pedro G. Romero , el gran farsante pseudoilustrado .
Por favor , recordar la historieta que se monto con Guy Debord , le sacó bastante partido por cierto .
No recuerdo la historieta que se monto con Guy Debord
¿de que historieta estas hablando?
afía de Debord y se confirma su estancia en Sevilla. El texto al que aludes con desprecio es citado convenientemente y sólo se corrije el nombre de algunos acompañantes y se da más información sobre sus contactos en Sevilla y Barcelona.
David García. Traductor
y bien mullido
"El que aún escribe cartas quiere ser artista"
Periférica edita 'Las correspondencias' del artista conceptual Pedro G. Romero
Diario de Sevilla
Alfredo Valenzuela (Efe) / Sevilla | Actualizado 22.03.2010
El artista conceptual Pedro G. Romero, asesor y director artístico del bailaor Israel Galván y autor de la narración con forma epistolar Las correspondencias (Periférica), cree que el ejercicio de escribir cartas ya no es algo natural y que "el que aún escribe cartas es que quiere ser artista". Siempre con humor, Pedro G. Romero explica que, precisamente, el título de su libro, Las correspondencias, se debe a que "se canta lo que se pierde".
"Yo apenas envío cartas, eso ya no se emplea como medio de comunicación, es algo que tiene que ver con el pasado", aseguró el autor, para citar a Ferlosio, según el cual las cartas "han vuelto a su origen", en el sentido de que se emplean como conductos oficiales, "para cosas del Reino, los notarios y los abogados o cosas de Hacienda", añadió Romero.
No obstante, Pedro G. Romero se mostró muy interesado por la persistencia de las cartas tradicionales como "ese pulso con lo material" al que han desplazado los nuevos sistemas de comunicación electrónicos. Prueba de ese interés son estas "correspondencias" o textos que el autor escribió para una pieza de la pasada Bienal de Arte Contemporáneo de Venecia y que, al ir a preparar su edición digital, el comisario de la exposición de la que formó parte la pieza, Valentín Roma, sugirió publicar como narración en forma de libro.
Romero creó para esa Bienal "una ficción que bien pudiera ser muy real", ya que tomó el nombre y los apellidos de varios habitantes reales de la ciudad de Venecia, en la que el año pasado vivió durante varios meses, y los convirtió en anónimos e involuntarios participantes de estas Correspondencias. Las cartas, escritas a mano y traducidas al italiano, fueron enviadas a estos venecianos, algunos de los cuales, confesó Romero, se interesaron por el asunto -publicitado por la prensa- y asistieron a la Bienal, donde fueron invitados a leer los textos completos que integran Las correspondencias.
Pedro G. Romero: "El que aún escribe cartas es que quiere ser artista"
Alfredo Valenzuela
EFE , | 21/03/2010 |
El artista conceptual Pedro G. Romero, asesor y director artístico del bailaor Israel Galván y autor de la narración con forma epistolar "Las correspondencias" (Periférica), ha dicho a Efe que el ejercicio de escribir cartas ya no es algo natural y que "el que aún escribe cartas es que quiere ser artista".
Siempre con humor, Pedro G. Romero explicó que, precisamente, el título de su libro, "Las correspondencias", se debe a que "se canta lo que se pierde".
"Yo apenas envío cartas, eso ya no se emplea como medio de comunicación, es algo que tiene que ver con el pasado, pero no algo que sirva para comunicarse con normalidad", aseguró el autor, para citar a Ferlosio, según el cual las cartas "han vuelto a su origen", en el sentido de que se emplean como conductos oficiales, "para cosas del Reino, los notarios y los abogados o cosas de Hacienda", añadió Romero.
No obstante, Pedro G. Romero se mostró muy interesado por la persistencia de las cartas tradicionales como "ese pulso con lo material" al que han desplazado los nuevos sistemas de comunicación electrónicos.
Prueba de ese interés son estas "correspondencias" o textos que el autor escribió para una pieza de la pasada Bienal de Arte Contemporáneo de Venecia y que, al ir a preparar su edición digital, el comisario de la exposición de la que formó parte aquella pieza, Valentín Roma, sugirió publicar como narración en forma de libro, al encontrarle un innegable carácter narrativo.
Romero creó para Bienal de Venecia "una ficción que bien pudiera ser muy real", ya que tomó el nombre y los apellidos de varios habitantes reales de la ciudad de Venecia, en la que el año pasado vivió durante varios meses, y los convirtió en anónimos e involuntarios participantes de estas "Correspondencias".
Las cartas, escritas a mano y traducidas al italiano, fueron enviadas a estos venecianos, algunos de los cuales, confesó Romero, se interesaron por el asunto y asistieron a la Bienal -la prensa veneciana dio noticia de "Las correspondencias" en el momento que se estaban produciendo-, donde fueron invitados a leer los textos completos que integran "Las correspondencias".
Pedro G. Romero señaló que lo que siempre le ha interesado de los textos es "su carácter preliterario" y señaló que, si sus "Correspondencias" se han convertido en "algo literario", ha sido porque la editorial Periférica así lo ha decidido, dándole a esta "cosa" suya forma de libro.
También aseguró que él no responde "a la figura del autor", de "ese autor con mayúsculas que tiene una necesidad de expresarse haciendo su literatura", si bien admitió haber escrito siempre y que su "producción como artista visual ha necesitado siempre de las palabras como gasolina".
Su labor, insistió, se sitúa fuera de la literatura, "en esa tierra desconocida y movediza donde no queda claro dónde se asigna el trabajo"
La pieza de Romero formó parte del proyecto "La comunidad inconfesable", de Valentín Roma, quien a su vez se inspiró "en la teoría de Maurice Blanchot de que todos los lectores que leen un mismo libro forman parte de una comunidad, de un vínculo inconfesable", según explicó el propio Romero, quien se interesó más por esta idea que establecer una correspondencia entre desconocidos "al modo Paul Auster".
Las tres primeras cartas del libro, que dan lugar a las demás, son literales y de otros tantos autores, de Pier Paolo Pasolini (sacada de sus "Cartas luteranas"), de Antonio Gramsci (sacada de sus "Cartas desde la cárcel") y de Natalia Ginzburg (sacada de "Querido Miguel").
te quiero!!!
Si es un absoluto farsante , como puede engañar a alguien a estas alturas de la película .
efectivamente, allí se planta, en su contra, en tu cara
una obra maestra, es así, le pese a quién le pese
por lo gordo, je, je
es un libro magistral